Origen del fascismo: de la Italia post-Primera Guerra Mundial a Mussolini

¿Cómo es posible que una nación cuna del Renacimiento y del humanismo abrazara, en cuestión de pocos años, una ideología fundamentada en la violencia sistémica y la sumisión total al Estado? Esta pregunta no es solo un ejercicio de curiosidad histórica, sino una necesidad imperiosa para comprender la fragilidad de las democracias liberales modernas. El origen del fascismo italiano no fue un evento espontáneo ni la creación aislada de un demagogo; fue la metástasis política de una sociedad fracturada por la guerra, la decepción diplomática y el miedo existencial a la revolución proletaria.

Al analizar el nacimiento de este movimiento, nos enfrentamos a una amalgama compleja donde el nacionalismo herido se encontró con el sindicalismo revolucionario. En este artículo, desglosaremos las raíces profundas del fenómeno, superando la narrativa simplista del «hombre fuerte» para examinar las corrientes intelectuales, económicas y sociales que permitieron a Benito Mussolini transformar a Italia en el laboratorio del totalitarismo del siglo XX. El objetivo es diseccionar cómo el vacío de poder y la crisis de identidad nacional sirvieron de caldo de cultivo para una de las ideologías más devastadoras de la historia contemporánea.

Contexto histórico y orígenes: La «Victoria Mutilada» y el Bienio Rojo

Para comprender cabalmente el origen del fascismo italiano, es indispensable situarse en el paisaje desolador de 1919. Italia había salido de la Primera Guerra Mundial en el bando de los vencedores, pero la atmósfera interna era la de una nación derrotada. El país había perdido más de 600.000 hombres y su economía estaba en ruinas, con una inflación galopante, desempleo masivo entre los veteranos y una deuda pública inmanejable que asfixiaba la lira.

El primer catalizador psicológico fue el concepto de la «Vittoria Mutilata» (Victoria Mutilada), término acuñado por el poeta y nacionalista Gabriele D’Annunzio. Los tratados de paz de Versalles no concedieron a Italia los territorios prometidos en el Pacto de Londres de 1915 —específicamente Dalmacia y la ciudad de Fiume—, lo que generó un resentimiento profundo hacia los aliados (Francia, Gran Bretaña y EE. UU.) y hacia la propia clase política liberal italiana, percibida como débil e incompetente en la mesa de negociaciones. La ocupación de Fiume por D’Annunzio y sus legionarios en septiembre de 1919 prefiguró la estética y la liturgia fascista: los discursos desde el balcón, el diálogo místico con la multitud, el saludo romano y el culto al líder carismático.

Paralelamente, la estructura social italiana se veía sacudida por el Biennio Rosso (1919-1920), dos años de intensa agitación socialista inspirada directamente por la Revolución Bolchevique en Rusia. Las huelgas generales, las ocupaciones de fábricas en el norte industrial (Turín, Milán) con la formación de «consejos de fábrica» y las tomas de tierras en el sur sembraron el pánico absoluto entre la burguesía industrial, los terratenientes agrarios y las clases medias urbanas. El Estado liberal, paralizado por la inestabilidad parlamentaria, se mostró incapaz de mantener el orden público o de ofrecer reformas satisfactorias.

Es en este vacío de autoridad donde surge el movimiento de Mussolini. El 23 de marzo de 1919, en la Plaza San Sepolcro de Milán, se fundan los Fasci Italiani di Combattimento. Es vital notar que, inicialmente, este grupo no era puramente reaccionario de derecha; su primer programa (el Programa de San Sepolcro) era una mezcla confusa y radical de nacionalismo feroz, republicanismo y demandas sociales avanzadas, como el voto femenino, la abolición del Senado real y la jornada de ocho horas. Sin embargo, el estrepitoso fracaso electoral de 1919 obligó a Mussolini a un giro pragmático decisivo. Entendió que el camino al poder no estaba en competir con la izquierda por las masas obreras, sino en convertirse en el brazo armado de la reacción conservadora contra el socialismo. El squadrismo (los camisas negras) comenzó a actuar como una fuerza paramilitar, atacando sedes sindicales, cooperativas y periódicos socialistas con la complicidad tácita —y a menudo activa— de la policía y el ejército, que veían en los fascistas un mal menor necesario para frenar a los «rojos».

Definición conceptual y marco teórico

El estudio del origen del fascismo italiano exige una precisión terminológica rigurosa, pues el término se ha utilizado a menudo en el discurso público como un epíteto vago para cualquier actitud autoritaria. Académicamente, el fascismo no puede entenderse meramente como una dictadura militar clásica o un conservadurismo extremo.

El fascismo se define como una ideología política palingenética y ultranacionalista que busca la movilización de masas para destruir el orden liberal y crear un Estado totalitario, donde la identidad individual se subordina completamente a la identidad colectiva orgánica de la nación.

Esta definición se alinea con la teoría del historiador Roger Griffin, quien enfatiza el aspecto de «palingenesia» (renacimiento). El fascismo promete que la nación, considerada en un estado de decadencia moral o muerte inminente debido al liberalismo y al marxismo, renacerá a través de un nuevo orden revolucionario y viril.

Distinciones fundamentales

Es crucial distinguir el fascismo de otras formas de gobierno de derecha para entender su especificidad histórica:

  • Autoritarismo vs. Totalitarismo: Mientras que un régimen autoritario clásico busca la obediencia pasiva y la desmovilización política de la ciudadanía (como el franquismo en sus etapas tardías o las dictaduras militares latinoamericanas), el fascismo busca la politización total de la vida cotidiana. Como señaló Hannah Arendt en su obra seminal Los orígenes del totalitarismo (1951), el objetivo no es solo controlar el aparato del Estado, sino moldear la realidad y la naturaleza humana misma, eliminando la distinción entre la esfera pública y la privada.
  • Conservadurismo vs. Fascismo: El conservadurismo tradicional busca preservar las instituciones heredadas (iglesia, monarquía, aristocracia). El fascismo, en sus orígenes, era un movimiento revolucionario y modernista; estaba dispuesto a subvertir las instituciones tradicionales si estas obstaculizaban la primacía del Partido-Estado. Aunque Mussolini pactó luego con la Iglesia y la Monarquía por conveniencia política, la tensión entre el deseo totalitario del partido y las instituciones conservadoras permaneció latente.

El marco teórico del fascismo italiano se nutrió también del sindicalismo nacional, una herejía del socialismo que sustituyó la lucha de clases marxista por la «lucha de naciones» (naciones proletarias como Italia contra naciones plutocráticas como Gran Bretaña). Autores como Georges Sorel, con su apología de la violencia como fuerza purificadora y creadora de historia, fueron fundamentales para dar forma a la acción directa y al desprecio por el parlamentarismo que caracterizó al movimiento desde sus inicios.

Desarrollo y evolución del régimen

La evolución desde el origen del fascismo italiano como movimiento callejero hasta la consolidación del régimen dictatorial es un proceso que puede periodizarse en tres fases críticas, cada una con características distintivas que transformaron la estructura del estado italiano.

1. La fase insurreccional y la toma del poder (1919-1922)

Esta etapa se caracteriza por la violencia sistemática de las escuadras fascistas en el Valle del Po y otras regiones agrícolas e industriales. El objetivo era desmantelar físicamente la infraestructura socialista. La culminación de esta estrategia fue la Marcha sobre Roma (28 de octubre de 1922). Contrario a la mitología fascista posterior, no fue una toma heroica y violenta del poder, sino una demostración de fuerza ante un Estado que decidió no defenderse. El rey Víctor Manuel III, temiendo una guerra civil y dudando de la lealtad de la jerarquía militar (muchos de cuyos miembros simpatizaban con Mussolini), se negó a firmar el decreto de estado de sitio propuesto por el primer ministro Luigi Facta. En cambio, nombró a Mussolini Primer Ministro. En este punto, el fascismo operaba aún dentro de un marco formalmente constitucional, aunque bajo coacción explícita.

2. La construcción de la dictadura (1922-1929)

Entre 1922 y 1924, Mussolini gobernó con una coalición, manteniendo una fachada de legalidad parlamentaria. El punto de quiebre fue el secuestro y asesinato del diputado socialista reformista Giacomo Matteotti en junio de 1924, quien había denunciado valientemente el fraude electoral y la violencia fascista en el Parlamento. La crisis política resultante, conocida como la Secesión del Aventino, casi derriba al gobierno fascista debido a la indignación moral pública. Sin embargo, ante la inacción del Rey y la división de la oposición democrática, Mussolini decidió contraatacar.

El 3 de enero de 1925, en un discurso infame ante la Cámara de Diputados, Mussolini asumió la «responsabilidad política, moral e histórica» de lo sucedido, desafiando a las instituciones a destituirlo. Al no haber respuesta, el fascismo abandonó la pretensión democrática. A partir de aquí, se promulgaron las Leggi Fascistissime (Leyes Fascistísimas) entre 1925 y 1926, que transformaron la arquitectura del estado:

  • Disolución de todos los partidos políticos excepto el Partido Nacional Fascista (PNF).
  • Supresión total de la libertad de prensa y asociación.
  • Creación del Tribunal Especial para la Defensa del Estado para juzgar delitos políticos.
  • Sustitución de los alcaldes electos por podestà nombrados directamente desde Roma.

3. El consenso y la totalitarización (1929-1940)

La firma de los Pactos de Letrán con la Iglesia Católica en 1929 fue una jugada maestra que otorgó al régimen una legitimidad moral y un consenso popular sin precedentes en un país profundamente católico. Durante la década de 1930, el régimen intentó penetrar cada aspecto de la vida italiana a través de organizaciones de masas capilares como la Opera Nazionale Balilla (para el adoctrinamiento de la juventud) y la Opera Nazionale Dopolavoro (para el control del tiempo libre). La invasión de Etiopía en 1935 y la proclamación del Imperio marcaron el apogeo del prestigio del régimen, uniendo a la nación en un fervor imperialista, antes de que la alianza fatal con la Alemania nazi y la impopular introducción de las Leyes Raciales de 1938 comenzaran a erosionar el apoyo popular y a conducir a Italia hacia el desastre de la Segunda Guerra Mundial.

Principales exponentes y bases intelectuales

Aunque Mussolini es la figura central indiscutible, reducir el origen del fascismo italiano a su biografía es un error histórico. El fascismo contó con intelectuales de primer orden que dotaron de sofisticación teórica a la brutalidad de los camisas negras, creando un corpus ideológico complejo.

Benito Mussolini: El Duce

Exdirector del diario socialista Avanti!, Mussolini encarnaba el pragmatismo absoluto y el oportunismo político. Su habilidad principal no era la teoría, sino su instinto periodístico para sentir el pulso emocional de las masas y adaptar su discurso. No era un doctrinario rígido, sino un actor político que entendía la importancia del mito. Como él mismo afirmó en la entrada sobre fascismo de la Enciclopedia Italiana:

«El fascismo no es el cuidador de una estatua que tiene un paraguas en la mano; es la vida misma… No tenemos una doctrina preestablecida; nuestra doctrina es el hecho».

Giovanni Gentile: El filósofo del fascismo

Gentile fue quizás el intelectual más prestigioso que se adhirió al régimen, sirviendo como ministro de Instrucción Pública y reformador del sistema educativo. Su filosofía, el «actualismo» (una variante del idealismo hegeliano), proporcionó la justificación metafísica para el Estado totalitario. Para Gentile, la libertad individual no existe fuera del Estado; el individuo solo se realiza éticamente al fundirse con la comunidad estatal.

Como escribió Gentile en La doctrina del fascismo (1932): «Para el fascista, todo está en el Estado, y nada humano o espiritual existe, y mucho menos tiene valor, fuera del Estado». Esta frase resume la esencia ontológica del totalitarismo fascista.

Alfredo Rocco: El jurista del régimen

Rocco, un nacionalista brillante y jurista riguroso, fue el verdadero arquitecto institucional del régimen y autor del Código Penal de 1930 (partes del cual siguen vigentes). Diseñó la estructura del «Estado Corporativo», intentando superar la lucha de clases marxista y el individualismo liberal mediante la integración forzosa de sindicatos y patronales bajo la supervisión estatal. Su visión transformó el parlamento liberal en la Cámara de los Fascios y de las Corporaciones, eliminando la representación geográfica por una representación de «intereses productivos».

Filippo Tommaso Marinetti y el Futurismo

Aunque su relación política con el régimen fue tensa y fluctuante, el futurismo de Marinetti proporcionó la estética fundacional del fascismo: la glorificación de la violencia, la velocidad, la juventud y la guerra como «higiene del mundo». El desprecio futurista por el sentimentalismo burgués, el pacifismo y la adoración de la máquina alimentaron la retórica agresiva y el estilo visual del primer fascismo de San Sepolcro.

Críticas, controversias y legado historiográfico

El análisis del origen del fascismo italiano ha generado uno de los debates más intensos y polarizados en la historiografía contemporánea, con implicaciones que trascienden lo académico.

Interpretaciones marxistas vs. liberales

Tradicionalmente, la historiografía marxista (representada por pensadores como Antonio Gramsci o Palmiro Togliatti) interpretó el fascismo fundamentalmente como la «reacción terrorista de la burguesía» ante la amenaza proletaria, una herramienta del gran capital industrial y agrario para disciplinar a la fuerza de trabajo. Sin embargo, historiadores liberales y revisionistas argumentan que esta visión es reduccionista. Sostienen que el fascismo tuvo una autonomía política propia y una base de masas real, especialmente en la pequeña burguesía y las clases medias, que no actuaban simplemente como títeres del capitalismo, sino que tenían sus propios agravios y aspiraciones revolucionarias.

La tesis de Renzo De Felice y el consenso

El historiador italiano Renzo De Felice, considerado la máxima autoridad mundial en el estudio de Mussolini, provocó una enorme controversia en las décadas de 1970 y 1980 con su monumental biografía del Duce. De Felice distinguió analíticamente entre el «fascismo-movimiento» (revolucionario, modernizador, contestatario) y el «fascismo-régimen» (conservador, comprometido con las élites). Su argumento más polémico fue que, entre 1929 y 1936, existió un verdadero «consenso» popular hacia Mussolini; es decir, que el régimen no se sostenía únicamente por el terror policial, sino que gozaba de un apoyo genuino de amplios sectores de la población italiana. Esta postura le valió acusaciones de justificar el fascismo, aunque su trabajo documental es hoy incontestable.

El debate sobre la modernidad

¿Fue el fascismo una reacción antimoderna o una forma alternativa de modernidad? Historiadores contemporáneos como Emilio Gentile (alumno de De Felice) sostienen que el fascismo fue una «religión política», una manifestación de la modernidad que buscaba sacralizar la política. A diferencia de los reaccionarios del siglo XIX, los fascistas no querían volver al pasado agrario y feudal, sino construir un futuro industrial, tecnológico y guerrero, creando un «hombre nuevo» libre de las «debilidades» burguesas y cristianas.

La cuestión del racismo

Una controversia persistente es si el racismo era intrínseco al fascismo italiano o una importación tardía del nazismo alemán. Si bien el antisemitismo biológico no fue central en el origen del fascismo italiano (de hecho, hubo judíos entre los fundadores del partido fascista y en la administración del Estado), el racismo colonial sí lo fue. La brutalidad genocida en la «pacificación» de Libia y en la guerra de Etiopía, con el uso de gas mostaza y campos de concentración, demuestra que la jerarquía racial y el desprecio por el «otro» eran parte del ADN imperialista del régimen, lo que facilitó psicológicamente la adopción posterior de las leyes raciales en 1938.

El origen del fascismo italiano no puede verse como un mero accidente histórico o un paréntesis en la historia liberal de Italia, sino como el resultado de una tormenta perfecta: una crisis económica devastadora, un sistema político deslegitimado y una clase media aterrorizada que prefirió la seguridad del autoritarismo a la incertidumbre de la libertad democrática. Mussolini no secuestró a Italia en contra de su voluntad; una parte significativa de la sociedad italiana se entregó a él, seducida por la promesa de orden, jerarquía y grandeza nacional.

Este fenómeno nos deja una lección inquietante para el presente. El fascismo no comenzó con campos de concentración ni con leyes raciales, sino con la degradación del lenguaje político, la aceptación de la violencia como herramienta legítima de debate y la promesa demagógica de soluciones simples a problemas complejos. Como advirtió Umberto Eco en su célebre ensayo Ur-Fascismo, el «fascismo eterno» puede regresar con ropajes diferentes, sin camisas negras ni saludos romanos, pero manteniendo la misma hostilidad hacia el pluralismo, el desacuerdo y el pensamiento crítico. Comprender su génesis en la Italia de posguerra es, por tanto, el primer paso para inmunizar nuestras democracias contra sus ecos persistentes. ¿Estamos hoy atentos a las señales que, bajo nuevas máscaras, replican viejos patrones?

Referencias Bibliográficas

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