¿Cómo es posible que una sociedad de individuos impulsados por el interés propio no desemboque en el caos, sino en un orden próspero y cooperativo? Esta interrogante, que desafió siglos de tradición autoritaria y teocrática, constituye el núcleo vibrante de una de las revoluciones intelectuales más profundas de Occidente. Antes del siglo XVII, la legitimidad política descendía del cielo o de la espada; tras la emergencia del pensamiento liberal, la legitimidad comenzó a ascender desde el consentimiento del individuo. El liberalismo clásico no fue simplemente una doctrina económica sobre mercados libres, sino una arquitectura moral y política integral que redefinió la naturaleza humana.
En el presente artículo, exploraremos la génesis y consolidación de este movimiento, trazando un arco intelectual que comienza con los tratados sobre el gobierno civil de John Locke y culmina con la sofisticada teoría social de la Ilustración escocesa. Analizaremos cómo, en un periodo de revoluciones sangrientas y transformaciones mercantiles, pensadores como David Hume y Adam Smith dotaron a la libertad de un fundamento empírico, alejándose del racionalismo abstracto para abrazar la complejidad de la evolución social. La tesis que defenderemos sostiene que el liberalismo clásico articuló la primera defensa coherente de la sociedad civil como una entidad autónoma, distinta y superior al Estado, sentando las bases de la democracia moderna y el capitalismo global.
Contexto histórico y orígenes: La crisis del Absolutismo
El surgimiento del liberalismo clásico no puede entenderse fuera del turbulento paisaje del siglo XVII europeo, y específicamente británico. Europa se desangraba en guerras de religión que evidenciaban la imposibilidad de mantener la unidad teológica del Estado. La Paz de Westfalia (1648) había instaurado un precario equilibrio interestatal, pero dentro de las naciones, la tensión entre el monarca absoluto y los estamentos emergentes alcanzaba su punto de ruptura.
En Inglaterra, la Guerra Civil (1642-1651) y la posterior ejecución de Carlos I rompieron el tabú de la inviolabilidad real. Sin embargo, fue la Revolución Gloriosa de 1688 el evento catalizador. El derrocamiento de Jacobo II y la instauración de una monarquía constitucional bajo Guillermo de Orange no solo fue un cambio dinástico, sino la victoria del Parlamento sobre la Corona. Este evento requería una justificación teórica que superara la defensa del «derecho divino de los reyes» articulada por autores como Robert Filmer.
Económicamente, el feudalismo agonizaba. La tierra dejaba de ser la única fuente de riqueza frente al ascenso de una burguesía mercantil dinámica. El sistema mercantilista, con sus monopolios reales y controles de precios, asfixiaba a esta nueva clase que demandaba libertad para comerciar y seguridad jurídica para sus propiedades. Como señala el historiador económico Douglas C. North en Institutions, Institutional Change and Economic Performance (1990), el éxito de Inglaterra radicó en crear instituciones que garantizaban los derechos de propiedad, reduciendo los costos de transacción y permitiendo el florecimiento de mercados impersonales. En este caldo de cultivo, donde la teología política cedía paso al contrato social y el gremio al mercado, germinaron las ideas de libertad individual.
Definición conceptual y marco teórico
Es imperativo delimitar con precisión qué entendemos por esta corriente, dado que el término «liberal» ha sufrido mutaciones semánticas significativas, especialmente en el ámbito anglosajón contemporáneo.
El liberalismo clásico se define como una filosofía política y económica que aboga por la primacía de la libertad individual, la protección de los derechos naturales (vida, libertad y propiedad), el gobierno limitado por el imperio de la ley y el libre mercado como mecanismo superior de asignación de recursos.
Para estructurar su marco teórico, podemos identificar cuatro pilares fundamentales:
- Individualismo metodológico y ético: La unidad básica de análisis y de valor moral es el individuo, no el colectivo, la casta o la nación.
- Derechos Negativos: La libertad se entiende principalmente como «libertad de» (ausencia de coacción), no como «libertad para» (capacidad o recursos). El deber del Estado es no interferir.
- Estado de Derecho (Rule of Law): Las leyes deben ser generales, conocidas, abstractas y aplicables a todos por igual, incluidos los gobernantes.
- Orden Espontáneo: La creencia de que el orden social y económico surge de la interacción voluntaria de individuos libres, sin necesidad de un planificador central.
Distinciones terminológicas
Es crucial no confundir el liberalismo clásico con el «socialiberalismo» o liberalismo moderno (imperante desde finales del siglo XIX con figuras como T.H. Green o John Rawls), que justifica una mayor intervención estatal para asegurar la equidad material. Asimismo, difiere del conservadurismo en que el liberalismo clásico es racionalista y reformista, dispuesto a derribar tradiciones si estas violan derechos individuales, mientras que el conservadurismo prioriza la preservación del tejido social heredado.
Dentro del debate académico, existe una tensión entre la fundamentación iusnaturalista (Locke), que ve los derechos como inherentes a la naturaleza humana, y la fundamentación utilitarista (Bentham, Mill), que defiende la libertad porque produce las mejores consecuencias para la mayoría. Sin embargo, la tradición escocesa, que analizaremos más adelante, ofrece una tercera vía basada en la evolución de las instituciones y los sentimientos morales.
Desarrollo y evolución: Del contrato a la evolución
La trayectoria del liberalismo clásico no es lineal; evoluciona desde el racionalismo constructivista del siglo XVII hasta el empirismo evolutivo del siglo XVIII.
La fase del Contrato Social (Siglo XVII)
En sus inicios, el liberalismo fue una respuesta al absolutismo de Thomas Hobbes. Aunque Hobbes introdujo la idea del contrato social en Leviatán (1651), concluyó que la seguridad exigía un soberano absoluto. Los primeros liberales utilizaron la misma herramienta contractualista pero para llegar a conclusiones opuestas. Imaginaron un «estado de naturaleza» donde los hombres son libres e iguales, y argumentaron que el gobierno se instituye únicamente para proteger esa libertad preexistente. Si el gobierno falla, los ciudadanos tienen el «derecho de rebelión». Esta fase es profundamente jurídica y racionalista.
La fase de la Ilustración Escocesa (Siglo XVIII)
A medida que el foco se desplazaba hacia el norte de Gran Bretaña a mediados del siglo XVIII, el liberalismo experimentó una mutación sofisticada. Pensadores como Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith se alejaron de la idea del «contrato original» como un evento histórico real. En su lugar, comenzaron a observar la sociedad como un sistema complejo.
Aquí surge el concepto de orden espontáneo. Los escoceses observaron que instituciones fundamentales como el lenguaje, el dinero, el derecho consuetudinario (Common Law) y el mercado no fueron inventados por una mente maestra, sino que eran «el resultado de la acción humana, pero no del diseño humano». Esta perspectiva transformó el liberalismo clásico: la libertad no solo era un derecho moral, sino una necesidad epistemológica. Dado que ningún gobernante puede poseer el conocimiento disperso en la sociedad, la mejor política es dejar que los individuos coordinen sus planes libremente.
Variantes geográficas
Mientras el liberalismo británico (y luego estadounidense) se centraba en la protección frente al Estado y el comercio (liberalismo empírico), el liberalismo continental, especialmente el francés (con figuras como Voltaire o los Fisiócratas), tendía a ser más racionalista y anticlerical. Los fisiócratas, aunque defensores del laissez-faire, a menudo apoyaban el «despotismo ilustrado» para implementar reformas de mercado desde arriba, una contradicción que la tradición anglosajona rechazaba.
Principales exponentes y sus contribuciones
El edificio intelectual del liberalismo clásico fue erigido por gigantes del pensamiento. Analicemos a las figuras centrales que definieron esta era.
John Locke (1632-1704): El padre del liberalismo
Médico y filósofo, Locke sistematizó los argumentos contra el absolutismo en sus Dos tratados sobre el gobierno civil (1689). Su innovación radical fue la vinculación indisoluble entre libertad y propiedad. Para Locke, la propiedad no es solo tierra o bienes, sino la propiedad sobre la propia persona y su trabajo.
Como señala Locke en el Segundo Tratado: «La finalidad máxima y principal que buscan los hombres al reunirse en Estados o comunidades, sometiéndose a un gobierno, es la salvaguarda de sus bienes; esa salvaguarda es muy incompleta en el estado de naturaleza». Locke estableció que el poder político es un fideicomiso (trust); si el gobernante viola los derechos naturales, el pueblo retoma su soberanía.
Montesquieu (1689-1755): El arquitecto institucional
Aunque francés, Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu, fue un anglófilo devoto. En El espíritu de las leyes (1748), articuló la teoría de la separación de poderes. Entendió que «el poder corrompe», y que la única forma de frenar el poder es con otro poder (pesos y contrapesos). Su influencia fue decisiva en la redacción de la Constitución de los Estados Unidos.
David Hume (1711-1776): El destructor de dogmas
Hume, figura central de la Ilustración escocesa, atacó la idea del contrato social y los derechos naturales como ficciones filosóficas. Sin embargo, defendió la libertad y la propiedad privada basándose en la utilidad y la convención. En su Tratado de la naturaleza humana (1739), argumentó que la justicia es una «virtud artificial» necesaria para mantener la cooperación en un mundo de recursos escasos y benevolencia limitada. Su escepticismo sobre la capacidad de la razón para rediseñar la sociedad fue un baluarte contra el utopismo revolucionario.
Adam Smith (1723-1790): El sistema de libertad natural
Frecuentemente reducido a un economista, Smith fue ante todo un filósofo moral. En La teoría de los sentimientos morales (1759), exploró cómo la empatía modera el egoísmo. En La riqueza de las naciones (1776), demostró que la búsqueda del interés propio, bajo un marco de justicia, conduce al bienestar general.
Smith escribe famosamente: «No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de la que esperamos nuestra cena, sino de su atención a su propio interés». Smith atacó el mercantilismo y defendió el «sistema de libertad natural», donde el soberano solo tiene tres deberes: defensa, justicia y ciertas obras públicas.
Críticas y controversias: Las sombras de la libertad
A pesar de su éxito histórico, el liberalismo clásico ha sido objeto de críticas devastadoras y debates internos que cuestionan su coherencia y su legado.
La crítica marxista y socialista
Karl Marx y posteriormente autores como Karl Polanyi criticaron al liberalismo por considerar que la «libertad» jurídica era una máscara ideológica para la explotación de clase. Según Marx en El Capital (1867), la libertad de contrato entre un propietario de medios de producción y un trabajador desposeído es una ficción, pues la necesidad económica fuerza al segundo a la sumisión. Polanyi, en La gran transformación (1944), argumentó que el intento de crear un mercado autorregulado era una «utopía descarnada» que destruía el tejido social, convirtiendo al ser humano y a la naturaleza en mercancías ficticias.
El individualismo posesivo
El teórico político C.B. Macpherson acuñó el término «individualismo posesivo» para criticar la antropología liberal. Argumentó que pensadores como Locke y Hobbes concebían al individuo únicamente como propietario de sus capacidades, sin deuda alguna con la sociedad. Esta visión «atomista» ignora, según los críticos comunitaristas como Michael Sandel, que el individuo se constituye dentro de una comunidad y unas tradiciones que dan sentido a su libertad.
La paradoja de la esclavitud y la exclusión
Una de las controversias más dolorosas es la coexistencia del liberalismo con la esclavitud. John Locke, mientras escribía sobre la libertad inalienable, era inversor en la Royal African Company. Thomas Jefferson redactó la Declaración de Independencia poseyendo esclavos.
Según el historiador Domenico Losurdo en Contrahistoria del liberalismo (2005): «El liberalismo nació como una ideología de la clase propietaria blanca, construyendo una ‘democracia de señores’ (Herrenvolk democracy) que excluía explícitamente a las razas colonizadas y a los trabajadores domésticos de la condición de ciudadanos plenos». Esta crítica sugiere que la universalidad de los derechos liberales fue, en su origen, una exclusión selectiva.
Debates contemporáneos
Hoy, el debate se centra en la relación entre el liberalismo clásico y el neoliberalismo. Autores como Friedrich Hayek intentaron revivir el liberalismo clásico en el siglo XX (frente al keynesianismo y el socialismo), pero sus críticos sostienen que la versión contemporánea ha derivado en un economicismo que olvida los fundamentos morales y de «simpatía» que preocupaban a Adam Smith.
El liberalismo clásico representa el intento más audaz de la historia humana por domesticar el poder y liberar el potencial creativo del individuo. Desde las barricadas intelectuales de Locke contra el absolutismo hasta las aulas de Edimburgo donde Smith descifró la gramática del mercado, este movimiento forjó las herramientas conceptuales de la modernidad: derechos humanos, división de poderes y economía de mercado.
Sin embargo, su historia no es una hagiografía de progreso ininterrumpido. Las contradicciones internas, especialmente en lo referente a la inclusión social y la desigualdad material, siguen siendo heridas abiertas en el cuerpo político de Occidente. A pesar de ello, la premisa central del liberalismo clásico —que ningún ser humano tiene el derecho natural de gobernar a otro sin su consentimiento— sigue siendo la barrera más formidable contra las tiranías antiguas y modernas. En un siglo XXI marcado por el resurgimiento de autoritarismos y populismos, volver a los textos de la Ilustración escocesa y a los tratados de Locke no es un ejercicio de arqueología, sino una urgencia cívica para comprender qué es lo que está en juego cuando hablamos de libertad.
Referencias Bibliográficas
- Berlin, I. (1958). Dos conceptos de libertad. Madrid: Alianza Editorial.
- Constant, B. (1819). Sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos. Madrid: Tecnos.
- Ferguson, A. (1767). An Essay on the History of Civil Society. Cambridge: Cambridge University Press.
- Gray, J. (1995). Liberalism. Minneapolis: University of Minnesota Press.
- Hayek, F. A. (1960). Los fundamentos de la libertad. Madrid: Unión Editorial.
- Hume, D. (1739/1984). Tratado de la naturaleza humana. Madrid: Editora Nacional.
- Locke, J. (1689/1990). Segundo tratado sobre el gobierno civil. Madrid: Alianza Editorial.
- Losurdo, D. (2005). Contrahistoria del liberalismo. Barcelona: El Viejo Topo.
- Macpherson, C. B. (1962). The Political Theory of Possessive Individualism: Hobbes to Locke. Oxford: Oxford University Press.
- North, D. C. (1990). Institutions, Institutional Change and Economic Performance. Cambridge: Cambridge University Press.
- Polanyi, K. (1944). La gran transformación. Madrid: La Piqueta.
- Smith, A. (1776/1994). La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.

Entusiasta del conocimiento, 20 años siendo un devorador de libros de toda índole, desde filosofía hasta finanzas.