Fascismo y nazismo: divergencias ideológicas y características del fascismo alemán

A menudo, en la retórica política contemporánea y en la percepción popular, los términos «fascismo» y «nazismo» se utilizan como sinónimos intercambiables para describir regímenes de extrema derecha, autoritarios y violentos. Si bien es innegable que ambos movimientos comparten una genealogía común —surgidos del trauma de la Primera Guerra Mundial y del miedo al bolchevismo—, reducirlos a una misma entidad histórica es un error categórico grave. El nacionalsocialismo no fue simplemente una copia alemana del modelo italiano; poseía una ontología radicalmente distinta centrada en la biología y la raza, en contraposición al estatismo espiritual del fascismo italiano.

Analizar las características del fascismo alemán implica adentrarse en una cosmovisión donde la política se subordina a leyes naturales supuestamente inmutables de competencia racial. Mientras Mussolini buscaba restaurar la gloria de Roma a través del Estado, Hitler aspiraba a rediseñar el mapa biológico de Europa. Este artículo diseccionará las diferencias estructurales, filosóficas y prácticas entre ambos regímenes, argumentando que, aunque primos ideológicos, sus destinos y métodos divergieron en puntos fundamentales que determinaron la magnitud de sus respectivas catástrofes.

Contexto histórico: De la Victoria Mutilada a la República de Weimar

Para entender las especificidades y las características del fascismo alemán, primero debemos contrastar los caldos de cultivo de los que emergieron ambos movimientos. Italia, como se analizó anteriormente, sufría de una «depresión psicológica» tras una victoria militar que se sintió como derrota diplomática. Alemania, por el contrario, enfrentaba el colapso total de su estructura imperial y la humillación tangible del Tratado de Versalles.

En Italia, el ascenso de Mussolini se vio facilitado por una monarquía débil y una clase liberal desconectada. En Alemania, el nacionalsocialismo creció en el seno de la República de Weimar, una democracia constitucional avanzada pero carente de demócratas, asediada por la hiperinflación de 1923 y, posteriormente, por la Gran Depresión de 1929. El desempleo masivo en Alemania —que alcanzó el 30% de la fuerza laboral— fue un catalizador mucho más potente y desesperado que la crisis económica italiana de 1919-1921.

Además, el sustrato cultural era diferente. Mientras el fascismo italiano bebía del futurismo y del sindicalismo revolucionario (buscando una modernidad acelerada), el nazismo se alimentaba del movimiento Völkisch del siglo XIX: un nacionalismo romántico, místico y agrario, obsesionado con la sangre, la tierra (Blut und Boden) y el retorno a un pasado germánico mítico. Esta raíz cultural prefiguró una de las principales características del fascismo alemán: su obsesión por la pureza racial sobre la estructura estatal.

Definición conceptual y marco teórico comparado

Es en el plano teórico donde las diferencias se vuelven abismales. Mientras el fascismo italiano es una «estatolatría» (idolatría del Estado), el nazismo es una «biocracia» (gobierno de la vida biológica).

El nacionalsocialismo se define como una ideología totalitaria, racista y antisemita que concibe la historia no como una lucha de clases o naciones, sino como una lucha biológica darwiniana entre razas, donde el Estado es meramente un instrumento para la preservación y expansión de la «raza aria» o Volksgemeinschaft.

Diferencias ontológicas fundamentales

Al examinar las características del fascismo alemán frente al italiano, destacan dos concepciones opuestas sobre la fuente de la soberanía y la legitimidad:

  1. La primacía del Estado vs. La primacía de la Raza:
    • Fascismo Italiano: Para Mussolini y Giovanni Gentile, el Estado es el creador de la nación. La nación no existe sin el Estado que le da forma, conciencia y voluntad ética. «El Estado no es solo autoridad que gobierna… es también potencia que hace valer su voluntad al exterior».
    • Nacionalsocialismo: Para Hitler, el Estado es un medio, no un fin. Como escribió en Mein Kampf, el Estado es solo el «recipiente» y la raza es el «contenido». Si el Estado no sirve para preservar la pureza racial, debe ser destruido o alterado. Esta es una diferencia crucial: el fascismo italiano diviniza la estructura política; el nazismo diviniza la biología.
  2. Universalismo vs. Exclusivismo:
    • El fascismo italiano, al menos teóricamente, tenía una vocación universalista (el «siglo del fascismo»). Creía que su modelo de corporativismo y orden podía exportarse como una civilización.
    • El nazismo era intrínsecamente particularista. No se podía «convertir» a alguien en ario; se nacía o no. Las características del fascismo alemán impedían cualquier asimilación cultural real, ya que la pertenencia a la comunidad (Volksgemeinschaft) estaba determinada exclusivamente por la sangre.

Desarrollo y evolución: Gleichschaltung vs. Diarquía

La velocidad y la profundidad con la que ambos regímenes implementaron el totalitarismo muestran disparidades notables. Mussolini tardó casi siete años (1922-1929) en consolidar plenamente su dictadura. Tuvo que coexistir, mediante compromisos constantes, con la monarquía de Saboya, la Iglesia Católica y las fuerzas armadas tradicionales. Los historiadores a menudo describen el régimen italiano como una «diarquía» (gobierno de dos cabezas: el Duce y el Rey), lo que limitó el poder absoluto de Mussolini hasta su caída en 1943, cuando fue precisamente el Rey quien ordenó su arresto.

Por el contrario, una de las características del fascismo alemán más aterradoras fue la velocidad de la Gleichschaltung (sincronización o coordinación). En cuestión de meses tras su nombramiento como Canciller en enero de 1933, Hitler desmanteló la democracia de Weimar. El incendio del Reichstag, la Ley Habilitante y la Noche de los Cuchillos Largos (1934) eliminaron cualquier oposición interna o externa. A la muerte de Hindenburg, Hitler fusionó los cargos de Canciller y Presidente, exigiendo un juramento de lealtad personal al ejército. No había rey ni constitución que lo frenara.

En el ámbito económico, también hubo divergencias. El fascismo italiano experimentó con el corporativismo, intentando crear una «tercera vía» institucionalizada entre capitalismo y comunismo. El nazismo, aunque intervencionista y con planes cuatrienales, no tenía una teoría económica coherente más allá del reame y la autarquía para la guerra. El nazismo toleró e incluso favoreció a los grandes conglomerados industriales privados (Krupp, IG Farben) siempre que sirvieran a los objetivos del rearme, estableciendo una «economía de mando» pragmática más que doctrinal.

Principales exponentes y la cuestión del Líder

El «principio del líder» (Führerprinzip) operaba de manera diferente en Berlín que en Roma, reflejando las distintas características del fascismo alemán.

Adolf Hitler y el Mesianismo

Si Mussolini era el «Duce» (el guía), un rol político y militar, Hitler era concebido como el «Führer», una figura casi religiosa y redentora enviada por la providencia para salvar a Germania. La autoridad de Hitler emanaba de su «misión histórica», no de su cargo estatal. Como señala el historiador Ian Kershaw en su teoría del «trabajar hacia el Führer», la estructura del Tercer Reich era caótica y policrática; los subordinados competían por interpretar la voluntad de Hitler, lo que radicalizaba constantemente el régimen.

Alfred Rosenberg y el mito racial

Mientras que el fascismo italiano tuvo filósofos académicos como Gentile, el nazismo tuvo ideólogos místicos como Alfred Rosenberg. En su obra El mito del siglo XX, Rosenberg sistematizó las características del fascismo alemán en torno a la oposición entre el «espíritu ario» (creador de cultura) y el «espíritu judío» (destructor de cultura). Esta no era una filosofía política racional, sino una teología racial que justificaba la esclavitud de los pueblos eslavos y la eliminación de los judíos.

Carl Schmitt y la excepción

El jurista Carl Schmitt proporcionó la cobertura legal para el nazismo con su teoría de que «Soberano es quien decide sobre el estado de excepción». A diferencia del legalismo retorcido de los fascistas italianos (como Rocco), los nazis despreciaban abiertamente el derecho romano y el positivismo jurídico, prefiriendo un «derecho popular» vago donde la voluntad del Führer era la fuente suprema de ley (Führerbefehl).

Como afirmó Hermann Göring: «No tengo ninguna conciencia. Mi conciencia se llama Adolf Hitler». Esta anulación total de la ética individual contrasta con la ética hegeliana del Estado que proponían los teóricos italianos.

Críticas, controversias y la centralidad del Holocausto

El punto de ruptura definitivo entre ambos sistemas es el papel del antisemitismo y la violencia genocida. Esta es, sin duda, la más determinante de las características del fascismo alemán.

El antisemitismo: ¿Accesorio o motor?

En el fascismo italiano original, el antisemitismo no era un componente central. De hecho, muchos judíos italianos («ebrei fascisti») apoyaron el movimiento en sus inicios, viendo en él un baluarte contra el desorden. Las Leyes Raciales italianas de 1938 fueron un giro tardío, oportunista y vergonzoso, dictado por la necesidad de Mussolini de alinearse ideológicamente con su aliado alemán y endurecer el carácter de los italianos.

Para el nacionalsocialismo, el antisemitismo no era una herramienta política, sino el motor de la historia. Hitler veía al «judío internacional» no solo como un enemigo político, sino como un patógeno biológico que debía ser extirpado para que el cuerpo germánico sobreviviera. Esta visión condujo a la Solución Final. La industrialización de la muerte en Auschwitz y Treblinka no tiene parangón en el fascismo italiano (que, aunque brutal en sus colonias, no diseñó una maquinaria de exterminio sistemático en suelo europeo hasta la ocupación nazi de 1943).

Lebensraum vs. Spazio Vitale

Ambos regímenes eran expansionistas, pero con lógicas distintas. Mussolini hablaba del Spazio Vitale en un sentido imperial clásico, similar al Imperio Romano: control del Mediterráneo (Mare Nostrum) y colonias en África para prestigio y recursos. Hitler buscaba el Lebensraum (espacio vital) en el Este de Europa. Esta no era una conquista colonial tradicional, sino un proyecto de desplazamiento y exterminio poblacional para asentar a granjeros alemanes. Las características del fascismo alemán implicaban que la conquista territorial iba indisolublemente ligada a la limpieza étnica, algo que el historiador Timothy Snyder ha denominado «tierras de sangre».

Aunque Mussolini y Hitler compartieron escenarios, enemigos y un destino final violento, las diferencias entre el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán son profundas y sustanciales. El fascismo italiano fue un totalitarismo centrado en el Estado, que buscaba moldear la sociedad a través de la autoridad política y el mito nacional, pero que a menudo se vio frenado por instituciones tradicionales y por su propia ineficiencia burocrática.

Por el contrario, el nacionalsocialismo representó una ruptura mucho más radical con la tradición occidental. Las características del fascismo alemán —su racismo biológico, su desprecio absoluto por la forma estatal jurídica y su impulso hacia el exterminio industrial— lo convierten en un fenómeno singular. Mientras el fascismo buscaba un Estado omnipotente, el nazismo buscaba una raza pura sobre las cenizas del Estado. Comprender esta distinción es vital no para exculpar al fascismo italiano de sus crímenes, sino para reconocer la naturaleza única y abismal del mal que encarnó el Tercer Reich, recordándonos que el totalitarismo puede tener muchas caras, pero todas conducen a la deshumanización.

Referencias Bibliográficas

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