El origen del racismo: un análisis histórico y conceptual

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¿Es el racismo una condición inherente a la naturaleza humana, un instinto atávico de rechazo hacia lo diferente, o es una invención moderna diseñada para justificar estructuras de poder? Esta paradoja constituye uno de los debates intelectuales más complejos de la sociología y la historiografía contemporáneas. A menudo asumimos que el prejuicio racial ha existido siempre, pero la evidencia histórica sugiere que la clasificación jerárquica de los seres humanos basada en fenotipos biológicos es una construcción relativamente reciente en la historia de nuestra especie.

El origen del racismo no se encuentra en las guerras tribales de la antigüedad ni en los conflictos religiosos medievales, sino en la intersección precisa entre la expansión colonial europea, el nacimiento de la ciencia taxonómica y la necesidad de racionalizar la contradicción entre los ideales de libertad de la Ilustración y la realidad económica de la esclavitud. En este artículo, rastrearemos la genealogía de esta ideología, desmantelando los mitos sobre su antigüedad para exponer cómo la «raza» fue fabricada como una tecnología de control social. Analizaremos desde los estatutos de limpieza de sangre hasta el darwinismo social, demostrando que el racismo es, ante todo, un producto de la modernidad.

Contexto histórico y precursores del fenómeno

Para ubicar con precisión el origen del racismo, es imperativo diferenciar entre la xenofobia antigua y el racismo moderno. En la Grecia y Roma clásicas, existía el concepto de «bárbaro», pero este no estaba ligado al color de la piel ni a una biología inmutable. Un «bárbaro» era aquel que no hablaba griego o no vivía bajo la polis; sin embargo, si aprendía la lengua y adoptaba las costumbres, podía integrarse. La discriminación era cultural y política, no biológica. Como señala el historiador Frank M. Snowden Jr. en Blacks in Antiquity (1970), el mundo antiguo no desarrolló una teoría de superioridad racial basada en la melanina.

El verdadero punto de inflexión, y quizás el antecedente más directo del pensamiento racial, surge en la Península Ibérica a finales del siglo XV. Tras la Reconquista y la expulsión de judíos y musulmanes, la Corona española y portuguesa instituyeron los estatutos de «Limpieza de Sangre». Aquí se produce un cambio epistemológico fundamental: ya no bastaba con convertirse al cristianismo (bautismo) para ser aceptado plenamente. La sospecha recaía sobre el «cristiano nuevo» debido a su linaje. Se comenzó a creer que la herejía se transmitía por la sangre, creando una mancha hereditaria indeleble.

Paralelamente, el descubrimiento de América en 1492 planteó un dilema teológico y jurídico sin precedentes. El encuentro con los pueblos indígenas provocó el famoso debate de Valladolid (1550-1551) entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Aunque se discutía si los indios tenían alma o eran «siervos por naturaleza» (siguiendo a Aristóteles), este evento marcó el inicio de la racialización de la mano de obra. La posterior importación masiva de esclavos africanos requirió una justificación moral más potente que la religiosa. A medida que el capitalismo mercantil se expandía, la deshumanización del africano se volvió una necesidad económica. El racismo surgió, entonces, no como causa de la esclavitud, sino como su consecuencia ideológica necesaria: había que reducir al ser humano a mercancía biológica para explotarlo sin violar la conciencia cristiana.

Definición conceptual y marco teórico sobre el origen del racismo

Abordar el origen del racismo requiere una delimitación terminológica rigurosa, pues el uso coloquial de la palabra tiende a difuminar su especificidad histórica y estructural. No todo prejuicio es racismo, ni toda violencia intergrupal tiene motivación racial.

El racismo se define como un sistema ideológico y estructural que clasifica a los seres humanos en grupos biológicos discretos y jerarquizados («razas»), atribuyendo características morales, intelectuales y culturales inmutables a cada grupo para justificar la distribución desigual de poder, recursos y derechos.

Puntos clave para una definición académica:

  • Esencialización: La creencia de que la biología determina la cultura y el comportamiento.
  • Jerarquización: La organización de estos grupos en una escala de valor, de superior a inferior.
  • Poder: El racismo requiere la capacidad institucional para imponer esta jerarquía (lo que distingue al racismo del mero prejuicio individual).

En el debate académico, existen dos grandes corrientes interpretativas sobre el génesis de este fenómeno. Por un lado, la corriente primordialista sugiere que el racismo es una extensión del etnocentrismo universal humano. Sin embargo, la corriente constructivista o modernista —que domina la historiografía actual— sostiene que la «raza» es una invención moderna.

Según el filósofo francés Michel Foucault en su curso Genealogía del racismo (1976), el racismo moderno representa el paso del poder soberano (hacer morir o dejar vivir) al biopoder (hacer vivir o dejar morir). Foucault argumenta que el racismo de Estado se convierte en el mecanismo indispensable para introducir la muerte en el sistema de biopoder: «El racismo es lo que hace posible que el Estado mate», no solo físicamente, sino política y socialmente, bajo el pretexto de proteger la pureza y la salud de la población dominante.

Otro teórico fundamental, George M. Fredrickson, en su obra Racism: A Short History (2002), describe el racismo como una «ideología carroñera» (scavenger ideology). Esto significa que el racismo no tiene una coherencia intelectual propia, sino que se apropia de ideas de la religión, la ciencia, la literatura y la política de cada época para sostenerse. Esto explica por qué mutó del racismo teológico (la Maldición de Cam) al racismo científico (craneometría) y, finalmente, al racismo cultural contemporáneo.

Desarrollo y evolución: La sistematización de la diferencia

La evolución del racismo puede periodizarse en fases que reflejan los paradigmas intelectuales de Occidente. El origen del racismo como sistema «científico» se gesta paradójicamente durante la Ilustración, el llamado Siglo de las Luces.

La Ilustración y la obsesión taxonómica (Siglo XVIII)

Los pensadores ilustrados, en su afán por clasificar y ordenar el mundo natural, aplicaron la taxonomía zoológica a la humanidad. El naturalista sueco Carlos Linneo, en su Systema Naturae (1735), dividió al Homo sapiens en cuatro variedades: Europaeus, Asiaticus, Americanus y Afer (Africano). Lo crucial no fue solo la división, sino la atribución de caracteres morales: al europeo lo describió como «gobernado por leyes, agudo e inventivo», mientras que al africano lo definió como «gobernado por el capricho, astuto y perezoso».

Johann Friedrich Blumenbach, padre de la antropología física, acuñó el término «caucásico» en 1795, argumentando que era la forma original y más bella de la humanidad, de la cual las otras razas habían «degenerado». Aunque Blumenbach no era virulentamente racista en un sentido político, su clasificación sentó las bases para medir y jerarquizar cuerpos.

El Racismo Científico y el Determinismo Biológico (Siglo XIX)

El siglo XIX vio la consolidación del «racismo científico». La frenología y la craneometría intentaron demostrar la superioridad intelectual del hombre blanco mediante mediciones de cráneos. La publicación de El origen de las especies (1859) de Charles Darwin fue distorsionada por pensadores como Herbert Spencer para crear el «Darwinismo Social». Esta teoría aplicaba la «supervivencia del más apto» a las sociedades humanas, legitimando el imperialismo europeo: si las potencias europeas conquistaban África y Asia, era simplemente la prueba biológica de su superioridad natural.

La Eugenesia y el paroxismo racial (Siglo XX)

El desarrollo lógico de estas ideas desembocó en la eugenesia, fundada por Francis Galton. La idea de que la «raza» podía mejorarse mediante la cría selectiva y la esterilización de los «no aptos» ganó popularidad no solo en la Alemania nazi, sino también en Estados Unidos, Suecia y gran parte de Latinoamérica. El origen del racismo moderno alcanza aquí su fase operativa estatal, donde la medicina y la burocracia se unen para purgar el cuerpo social, culminando en los horrores del Holocausto.

Principales exponentes y la construcción teórica de la raza

Para entender la profundidad intelectual del racismo, debemos examinar a las figuras que le dieron respetabilidad académica. No fueron marginales, sino pilares de la cultura occidental.

Immanuel Kant y la antropología filosófica

A menudo se omite que Kant, el gran filósofo de la moral universal, fue uno de los primeros teóricos de la raza. En sus lecciones de antropología y en el ensayo De las diferentes razas de hombres (1775), Kant sostuvo que «la humanidad existe en su mayor perfección en la raza blanca».

Como señala el filósofo nigeriano Emmanuel Eze en Achieving our Humanity (2001): «La geografía física y la antropología de Kant no son apéndices marginales, sino la base sobre la que construyó su ética». Kant teorizó que los no blancos carecían del «talento» necesario para la agencia moral plena, una contradicción flagrante con su imperativo categórico.

Arthur de Gobineau y la desigualdad esencial

El diplomático francés Arthur de Gobineau es considerado el padre del racismo moderno explícito. En su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855), postuló que la historia humana es la historia de la lucha de razas y que el mestizaje conduce inevitablemente a la decadencia de la civilización. Gobineau introdujo el mito de la «raza aria» como la aristocracia de la humanidad, destinada a gobernar pero amenazada por la mezcla de sangre. Su obra influyó decisivamente en los círculos intelectuales alemanes, incluyendo a Wagner y, posteriormente, a Hitler.

Houston Stewart Chamberlain y el antisemitismo redentor

Yerno de Wagner, Chamberlain escribió Los fundamentos del siglo XIX (1899). En esta obra, refinó el racismo de Gobineau, transformándolo de un pesimismo aristocrático a un mesianismo agresivo. Chamberlain identificó a los judíos no como una religión, sino como una raza antagónica que conspiraba para destruir la pureza aria. Su contribución fue fusionar el antisemitismo tradicional con el determinismo biológico, creando el puente ideológico directo hacia el nacionalsocialismo.

Cesare Lombroso y el criminal nato

En Italia, Lombroso fundó la antropología criminal. En su obra L’Uomo delinquente (1876), argumentó que la criminalidad era hereditaria y podía identificarse por rasgos físicos (estigmas atávicos) que recordaban a etapas primitivas de la evolución o a razas «inferiores». Esta teoría criminalizó la pobreza y la fisonomía de los italianos del sur, demostrando cómo el racismo también operaba internamente dentro de las naciones europeas contra sus propios ciudadanos.

Críticas, controversias y perspectivas contemporáneas

El estudio del origen del racismo no está exento de debates feroces y revisiones constantes, especialmente tras el colapso de la legitimidad científica de la raza después de la Segunda Guerra Mundial.

La declaración de la UNESCO y la deconstrucción biológica

En 1950, la UNESCO emitió La cuestión racial, un documento redactado por científicos sociales y biólogos (incluido Claude Lévi-Strauss) que declaraba oficialmente que la «raza» es un mito social sin base biológica. La genética moderna ha confirmado que existe mayor variación genética dentro de un mismo grupo «racial» que entre grupos diferentes. Sin embargo, los críticos señalan que, aunque la raza no sea una realidad biológica, es una realidad social innegable (social fact), con efectos tangibles en la vida de las personas.

¿Racismo de la piel o racismo del Estado?

Una controversia actual gira en torno a la primacía del color. Historiadores como Noel Ignatiev (How the Irish Became White) han demostrado que la «blancura» no es una categoría fija, sino un estatus social que se gana. Irlandeses, italianos y judíos fueron inicialmente racializados como no-blancos en Estados Unidos y solo fueron asimilados a la blanquitud cuando se alinearon contra la población afroamericana. Esto refuerza la tesis de que el racismo es una herramienta política de división de clases.

El debate sobre el «racismo sin razas»

Autores contemporáneos como Étienne Balibar alertan sobre el surgimiento de un «neorracismo» o «racismo cultural». Al quedar desacreditada la biología, el racismo moderno sustituye la palabra «raza» por «cultura» o «incompatibilidad de modos de vida».

Como argumenta Balibar en Raza, nación y clase (1991): «Es un racismo que, a primera vista, no postula la superioridad biológica de ciertos grupos… sino la nocividad de borrar las fronteras, la incompatibilidad de los estilos de vida y las tradiciones».

Esta perspectiva es crucial para analizar fenómenos actuales como la islamofobia en Europa, donde la discriminación opera con la misma lógica de exclusión y esencialización que el racismo clásico, pero bajo el disfraz de la defensa de los «valores occidentales».

El recorrido por el origen del racismo nos revela una verdad incómoda: la discriminación racial no es un vestigio de la barbarie antigua, sino una creación de la civilización moderna occidental. Fue forjada en las universidades, en los parlamentos y en los laboratorios científicos tanto como en las plantaciones de esclavos. Surgió de la necesidad de conciliar la explotación económica con los ideales humanistas y se perfeccionó mediante la perversión de la ciencia.

Comprender que el racismo tiene un origen histórico específico es fundamental para combatirlo. Si fue construido, puede ser deconstruido. No estamos condenados biológicamente al odio; estamos, más bien, condicionados históricamente por categorías que hemos heredado y que a menudo aceptamos sin crítica. El desafío intelectual y ético del siglo XXI no es solo negar la biología de la raza, sino desmantelar las estructuras de poder y las narrativas culturales que siguen operando como si la raza fuera real. Al mirar hacia atrás, al origen de esta invención funesta, adquirimos las herramientas para imaginar un futuro donde la diferencia no sea sinónimo de desigualdad.

Referencias Bibliográficas

  1. Arendt, H. (1951). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza Editorial.
  2. Balibar, É. & Wallerstein, I. (1991). Raza, nación y clase. Madrid: IEPALA.
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  5. Gould, S. J. (1981). La falsa medida del hombre. Barcelona: Crítica.
  6. Hering Torres, M. S. (2003). Limpieza de sangre. ¿Racismo en la Edad Moderna?. Madrid: Tiempos Modernos.
  7. Kant, I. (1775). De las diferentes razas de hombres. En Filosofía de la Historia. México: FCE.
  8. Lévi-Strauss, C. (1952). Raza e historia. París: UNESCO.
  9. Snowden, F. M. (1970). Blacks in Antiquity: Ethiopians in the Greco-Roman Experience. Cambridge: Harvard University Press.
  10. Todorov, T. (1989). Nosotros y los otros: Reflexión sobre la diversidad humana. México: Siglo XXI.
  11. Wieviorka, M. (1992). El espacio del racismo. Barcelona: Paidós.