¿Qué son realmente los superalimentos?
En los últimos años, el término superalimento ha ganado popularidad en medios de comunicación, redes sociales e incluso en campañas de marketing de grandes cadenas de supermercados. Se utiliza para describir alimentos que supuestamente ofrecen beneficios nutricionales excepcionales, por encima de otros productos. Sin embargo, detrás de este concepto hay más mito que ciencia, y una industria que se beneficia del entusiasmo de los consumidores.
De acuerdo con la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), no existe una definición científica oficial de “superalimento”. Más bien, se trata de una etiqueta comercial que agrupa alimentos ricos en nutrientes como antioxidantes, ácidos grasos esenciales, fibra o vitaminas, pero sin evidencias contundentes de que su consumo por sí solo mejore la salud de forma significativa.
En el contexto mexicano y centroamericano, esta tendencia ha sido adoptada rápidamente, muchas veces sin un análisis crítico que considere la dieta tradicional, el acceso económico y la evidencia científica. En Luminosita decidimos analizar a fondo este fenómeno para separar los mitos de las realidades y brindar al lector una visión informada y relevante.
Superalimentos populares: ¿milagro o marketing?
Entre los superalimentos más mencionados se encuentran la quinoa, el açaí, la chía, el kale, la espirulina, el aguacate, el matcha y las bayas de goji. Muchos de estos productos han sido consumidos durante siglos por pueblos originarios en América Latina y Asia, pero su repentina valorización en los mercados internacionales ha generado distorsiones importantes.
Tomemos el caso de la quinoa. Originaria de los Andes, este pseudocereal es rico en proteínas y aminoácidos esenciales. Sin embargo, como señala la antropóloga boliviana Elizabeth López, “la demanda internacional hizo que su precio se disparara, dejando a las comunidades locales sin acceso al alimento que antes era base de su dieta”. Este fenómeno ha sido documentado por la Food and Agriculture Organization (FAO), que advierte sobre el impacto social de la exportación masiva de estos productos en países productores.
Otro ejemplo es el açaí, una fruta amazónica con alto contenido de antioxidantes. Si bien su consumo puede formar parte de una dieta saludable, estudios de la Mayo Clinic señalan que no existen pruebas concluyentes de que tenga efectos preventivos contra enfermedades como el cáncer o la diabetes cuando se consume en las típicas presentaciones industrializadas (jugos, polvos, cápsulas).
El problema del pensamiento reduccionista en la alimentación
Uno de los grandes errores detrás del mito de los superalimentos es pensar que la salud se puede lograr simplemente añadiendo un ingrediente “mágico” a la dieta. Esta idea es impulsada por el marketing, pero choca con décadas de investigación en nutrición.
El Dr. José Manuel Tapia, investigador en ciencias de la salud de la UNAM, explica: “El cuerpo humano necesita una combinación equilibrada de nutrientes. Ningún alimento, por sí solo, puede compensar una dieta deficiente ni curar enfermedades”. En otras palabras, el enfoque debe estar en los patrones alimentarios, no en productos individuales.
En este sentido, la cultura alimentaria mexicana y centroamericana ofrece ejemplos de combinaciones saludables con raíces ancestrales: maíz, frijoles, chile, nopal, frutas tropicales y hierbas tradicionales como el epazote. Muchos de estos alimentos contienen fibra, vitaminas y compuestos bioactivos, sin necesidad de etiquetas sofisticadas ni precios exorbitantes.
El impacto ambiental y ético de los superalimentos
Otro aspecto que merece atención es el impacto ecológico y social de la producción masiva de estos productos. Cultivos como el aguacate, por ejemplo, han sido relacionados con la deforestación en México y la violencia en ciertas regiones del país, según un reporte del Environmental Investigation Agency (EIA) de 2021.
Asimismo, la creciente demanda de productos como la espirulina o el matcha ha llevado a prácticas agrícolas intensivas que ponen presión sobre los ecosistemas locales y desplazan a pequeños productores. En países centroamericanos, se están introduciendo cultivos exóticos para abastecer el mercado internacional, muchas veces sin estudios de impacto ni apoyo técnico a las comunidades campesinas.
Consumir responsablemente también significa preguntarse: ¿quién cultiva estos alimentos?, ¿en qué condiciones?, ¿se respetan los derechos laborales y ambientales?, ¿cuál es la huella de carbono de lo que ponemos en nuestro plato?
¿Qué dicen las autoridades de salud?
Organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) en México, han advertido sobre el uso engañoso de términos como “súper” o “milagroso” en etiquetas de productos alimenticios. En muchos casos, suplementos etiquetados como superalimentos no cuentan con regulación suficiente ni con respaldo científico.
Además, los expertos advierten sobre el riesgo de confiar en fuentes no verificadas en redes sociales o en la publicidad de influencers sin formación en nutrición. En un entorno donde la desinformación abunda, contar con fuentes confiables es esencial para tomar decisiones informadas.
Educación nutricional: la clave para una alimentación consciente
Ante el bombardeo de mensajes contradictorios, lo más importante es fortalecer la educación nutricional desde una perspectiva cultural, científica y accesible. Esto implica revalorar las dietas tradicionales, fomentar el consumo de alimentos locales y de temporada, y promover políticas públicas que garanticen el acceso a una alimentación saludable para todos los sectores de la población.
En países como México, donde coexisten la obesidad y la desnutrición, centrarse en la moda de los superalimentos puede ser una distracción frente a los verdaderos desafíos estructurales del sistema alimentario. Como señala el nutricionista salvadoreño Jorge Rivas, “el superalimento no está en un envase importado, está en la milpa, en el patio, en las prácticas de nuestras abuelas”.
Conclusión: más allá del mito
La idea de que existe un alimento superior capaz de mejorar radicalmente la salud es seductora, pero simplista. Los superalimentos, como parte de una dieta balanceada, pueden aportar beneficios. No obstante, lo verdaderamente transformador es adoptar hábitos sostenibles, informados y culturalmente arraigados.
Desde Luminosita, invitamos a nuestros lectores en México y Centroamérica a repensar su relación con la comida, no desde el consumo aspiracional que impone el mercado, sino desde una conciencia crítica que valore lo propio y cuestione los discursos de moda.
Comer bien no es seguir una tendencia, es conocer, respetar y nutrir nuestra identidad.
Artículo elaborado por el equipo de periodismo científico y cultural de Luminosita. Para más contenido verificado sobre ciencia, salud, filosofía y política en América Latina, visita nuestro portal.

Entusiasta del conocimiento, 20 años siendo un devorador de libros de toda índole, desde filosofía hasta finanzas.