El auge del racismo científico siglo XIX: de la craneometría a la eugenesia

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¿Cómo fue posible que el siglo de las luces, el progreso industrial y el nacimiento de la biología moderna incubara simultáneamente las ideologías más letales de la historia humana? Esta aparente paradoja define la trayectoria intelectual de Occidente durante la modernidad. Lejos de ser un remanente de la superstición medieval, la jerarquización racial se consolidó paradójicamente a través de la razón y el método empírico. El racismo científico siglo xix no surgió en los márgenes de la sociedad, sino en las cátedras universitarias, en los laboratorios de anatomía y en las sociedades geográficas más prestigiosas.

La sistematización del prejuicio transformó el odio al «otro» en una disciplina académica. En este artículo, analizaremos cómo la ciencia victoriana, en su afán por clasificar el mundo natural, terminó construyendo una jaula taxonómica para la humanidad. Desde la obsesión por medir cráneos hasta la aplicación distorsionada de la teoría evolutiva, exploraremos cómo se fraguó la legitimación teórica del imperialismo y la eugenesia. La tesis central que abordaremos sostiene que el racismo científico no fue una «mala ciencia» accidental, sino una tecnología de poder deliberada, diseñada para naturalizar las desigualdades sociales y geopolíticas de una era en expansión.

Contexto histórico y orígenes: La necesidad de una justificación secular

Para comprender el surgimiento del racismo científico siglo xix, es indispensable retroceder brevemente al pensamiento ilustrado del siglo XVIII. Si bien la Ilustración proclamó la igualdad abstracta de los hombres, la realidad material del colonialismo y la esclavitud transatlántica exigía una racionalización que la teología ya no podía proveer eficazmente. La antigua justificación religiosa, basada en la «Maldición de Cam», comenzaba a perder fuerza frente al secularismo emergente. Las potencias imperiales necesitaban un argumento irrefutable, basado en la naturaleza misma, para mantener la estructura de explotación económica.

El terreno intelectual estaba abonado por el auge de las ciencias naturales. El naturalista sueco Carlos Linneo, en su Systema Naturae (1735), ya había dividido a la humanidad en cuatro variedades, atribuyendo características conductuales a rasgos físicos. Sin embargo, fue en el siglo XIX cuando esta clasificación taxonómica adquirió un cariz determinista y rígido. La Revolución Industrial había otorgado a Europa una superioridad tecnológica abrumadora, lo que llevó a muchos pensadores a concluir erróneamente que esta ventaja técnica era el reflejo de una superioridad biológica intrínseca.

Las condiciones políticas eran igualmente propicias. La expansión imperialista hacia África y Asia (el Nuevo Imperialismo) y la expansión hacia el oeste en los Estados Unidos requerían una narrativa que deshumanizara a las poblaciones nativas para justificar su desplazamiento o exterminio. A esto se sumó, a mediados de siglo, el temor de las élites burguesas ante el ascenso del proletariado urbano. Las teorías sobre la «degeneración» y la herencia no solo se aplicaron a las razas extranjeras, sino también a las «clases peligrosas» dentro de la propia Europa, creando un continuo entre el racismo colonial y el clasismo doméstico.

Figuras tempranas como el anatomista francés Georges Cuvier, con sus estudios comparativos, y el auge del positivismo, que exigía medir y cuantificar todo fenómeno observable, sentaron las bases para que el cuerpo humano se convirtiera en un objeto de escrutinio métrico. La ciencia prometía revelar la verdad oculta en los huesos y la sangre, y esa «verdad» fabricada sería utilizada para cimentar el orden mundial victoriano.

Definición conceptual y marco teórico

Es fundamental establecer una delimitación precisa del fenómeno, pues a menudo se confunde con el etnocentrismo generalizado.

El racismo científico siglo xix se define como un cuerpo de teorías y prácticas pseudocientíficas que utilizaban métodos empíricos (como la antropometría y la biología evolutiva) para argumentar que la especie humana está dividida en razas biológicamente discretas, organizadas en una jerarquía inmutable de inteligencia y capacidad moral.

Los puntos clave de este marco teórico incluyen:

  • Determinismo biológico: La creencia de que la cultura, el comportamiento y el estatus social son consecuencias directas de la herencia física.
  • Jerarquización lineal: La organización de los grupos humanos en una «Gran Cadena del Ser», con el hombre blanco europeo en la cúspide y los pueblos africanos o aborígenes en la base.
  • Esencialismo: La idea de que las características raciales son fijas y definen la esencia del individuo.

Poligenismo vs. Monogenismo

Un debate académico crucial que atravesó la primera mitad del siglo fue la disputa entre poligenistas y monogenistas.

  • Monogenismo: Defendido por la tradición bíblica y naturalistas como Blumenbach, sostenía que toda la humanidad descendía de un par original (Adán y Eva), pero que las razas «inferiores» habían sufrido una «degeneración» debido al clima o al ambiente.
  • Poligenismo: Impulsado fuertemente por la Escuela Americana de Antropología, argumentaba que las diferentes razas eran especies distintas creadas por separado (creaciones separadas). Esta teoría fue inmensamente popular en el sur de Estados Unidos antes de la Guerra Civil, ya que justificaba la esclavitud al negar la hermandad común de la humanidad.

El giro Darwinista

La publicación de El origen de las especies en 1859 cambió el marco teórico pero no el prejuicio. El debate sobre el origen único o múltiple perdió relevancia frente a la teoría de la selección natural. Sin embargo, lejos de disolver el racismo, la teoría evolutiva fue cooptada. El darwinismo social emergió como una interpretación ideológica que aplicaba los principios de la competencia biológica a la sociología y la política, legitimando la «supervivencia del más apto» como una ley natural que justificaba tanto el capitalismo salvaje como la conquista imperial.

Desarrollo y evolución: De la medición del cráneo a la higiene racial

La evolución del racismo científico puede trazarse a través de tres fases metodológicas que reflejan la sofisticación progresiva de los instrumentos de control.

Fase 1: La obsesión craneométrica (1800-1859)

Antes de Darwin, la «reina» de las ciencias raciales fue la craneometría (medición de cráneos) y la frenología. La premisa era simple y errónea: el tamaño del cerebro correlaciona directamente con la inteligencia, y la forma del cráneo indica el carácter moral. Samuel George Morton, en Estados Unidos, y Paul Broca, en Francia, acumularon miles de cráneos para «probar» matemáticamente la superioridad caucásica. Llenaban las cavidades craneales con perdigones de plomo o semillas de mostaza para medir su volumen.

Como demostró posteriormente Stephen Jay Gould en La falsa medida del hombre (1981), estos científicos a menudo incurrían en sesgos de confirmación inconscientes o manipulaciones directas, descartando cráneos pequeños de europeos o grandes de africanos para ajustar los datos a sus prejuicios previos.

Fase 2: El evolucionismo unilineal (1860-1890)

Con la aceptación gradual de la evolución, el enfoque cambió de la clasificación estática al progreso dinámico. Antropólogos como Lewis Henry Morgan y Edward Burnett Tylor propusieron esquemas de evolución cultural unilineal: todas las sociedades pasaban por las mismas etapas, desde el «salvajismo» a la «barbarie» y finalmente a la «civilización». Las razas no blancas fueron redefinidas como «fósiles vivientes», grupos humanos que se habían quedado estancados en etapas evolutivas anteriores. Esto otorgó al colonialismo una fachada humanitaria: la «Misión Civilizadora». El hombre blanco tenía el deber paternalista de tutelar a las «razas infantiles» hasta que pudieran (si es que podían) alcanzar la madurez.

Fase 3: La Eugenesia y la degeneración (1880-1900)

Hacia finales del siglo, el optimismo sobre el progreso dio paso al miedo a la regresión. Francis Galton, primo de Darwin, fundó la eugenesia en 1883. Si la selección natural garantizaba la mejora de la especie, la civilización moderna, al proteger a los «débiles» (pobres, enfermos, razas «inferiores»), estaba deteniendo la evolución. La eugenesia proponía tomar las riendas de la evolución humana mediante:

  • Eugenesia positiva: Fomentar la reproducción de los «más aptos» (clases altas, nórdicos).
  • Eugenesia negativa: Impedir la reproducción de los «no aptos» mediante la segregación, la prohibición de matrimonios interraciales y, eventualmente, la esterilización forzosa.

Este pensamiento cruzó el Atlántico y encontró terreno fértil en América Latina, aunque con matices. En países como Brasil, Argentina y México, la élite intelectual adoptó el positivismo y promovió políticas de «blanqueamiento» (branqueamento), fomentando la inmigración europea no solo por razones económicas, sino para «mejorar la raza» local y diluir el elemento indígena y africano.

Principales exponentes, teorías y manifestaciones

El edificio del racismo científico siglo xix fue construido por mentes brillantes que pusieron su intelecto al servicio del prejuicio.

Arthur de Gobineau: El pesimismo aristocrático

El diplomático francés Arthur de Gobineau es a menudo citado como el padre del racismo moderno. Su obra magna, Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855), estableció la raza como el motor de la historia. Para Gobineau, las civilizaciones nacen cuando una raza aria conquista a otras, pero entran en decadencia inevitablemente debido al mestizaje.

«La historia muestra que toda civilización deriva de la raza blanca… y que una sociedad es grande y brillante solo en la medida en que conserva la sangre del grupo noble que la creó». A diferencia de los darwinistas posteriores, Gobineau no creía en el progreso, sino en una decadencia inevitable causada por la mezcla de sangre («bastardización»).

Samuel George Morton: El empirista del prejuicio

Médico de Filadelfia y poligenista convencido, Morton fue la figura central de la «Escuela Americana». En su obra Crania Americana (1839), presentó datos métricos que supuestamente demostraban que los caucásicos tenían la mayor capacidad craneal, seguidos por los mongoles, los nativos americanos y, finalmente, los negros. Sus estudios dieron una pátina de objetividad irrefutable a la ideología esclavista en las décadas previas a la Guerra Civil estadounidense.

Herbert Spencer: El arquitecto del Darwinismo Social

Fue Spencer, y no Darwin, quien acuñó la frase «la supervivencia del más apto» en sus Principios de Biología (1864). Spencer aplicó la evolución biológica a la sociología con un rigor implacable. Argumentaba que ayudar a los pobres o a las razas colonizadas era un error contra natura que debilitaría a la especie humana. Su pensamiento justificó el laissez-faire económico extremo y el desprecio por los perdedores de la competencia industrial e imperial.

Cesare Lombroso: La criminalidad innata

En Italia, el médico Cesare Lombroso fundó la antropología criminal con su libro L’Uomo delinquente (1876). Lombroso teorizó que los criminales eran «atavismos» evolutivos: retrocesos biológicos a etapas primitivas de la humanidad. Identificó «estigmas» físicos (mandíbulas grandes, frente huidiza, insensibilidad al dolor) que delataban al delincuente nato. Sus teorías racializaron a los italianos del sur (a quienes consideraba menos evolucionados que los del norte) y vincularon permanentemente la apariencia física con la moralidad desviada.

Francis Galton: La estadística de la herencia

En Hereditary Genius (1869), Galton intentó demostrar que la inteligencia y el talento eran rasgos hereditarios exclusivos de ciertas clases y linajes. Fue pionero en el uso de la estadística y las curvas de distribución normal para estudiar poblaciones humanas. Su propuesta de la eugenesia transformó el racismo de una opinión descriptiva a un programa político de ingeniería social activa.

Críticas, controversias y límites del determinismo

Aunque hegemónico, el racismo científico siglo xix no estuvo exento de voces críticas y contradicciones internas que, con el tiempo, ayudarían a desmantelarlo.

La falacia naturalista y la crítica lógica

Desde la filosofía, se planteó la objeción basada en la «guillotina de Hume» o falacia naturalista: el hecho de que algo ocurra en la naturaleza (como la lucha por la supervivencia) no significa que sea moralmente correcto o deseable en la sociedad humana. Sin embargo, en el clima positivista de la época, la ciencia se había convertido en la nueva moral, y esta crítica fue a menudo ignorada por las élites gobernantes.

Anténor Firmin: La respuesta desde los márgenes

Una de las refutaciones más brillantes y olvidadas provino del antropólogo haitiano Anténor Firmin. En 1885, publicó De l’égalité des races humaines (De la igualdad de las razas humanas), una respuesta directa y sistemática a Gobineau. Firmin utilizó los mismos métodos antropométricos para demostrar que no existía correlación entre las características físicas y las capacidades intelectuales, y argumentó que los logros de las civilizaciones africanas (como Egipto) habían sido borrados deliberadamente por la historiografía europea. Su obra fue ignorada por la academia establecida de la época, demostrando que la «ciencia» estaba filtrada por el poder político.

Franz Boas y la separación de cultura y biología

El golpe mortal al racismo científico comenzó a gestarse a finales de siglo con el trabajo del físico y antropólogo germano-estadounidense Franz Boas. En su estudio fundamental sobre los inmigrantes en Estados Unidos (1912), Boas demostró que la forma del cráneo (el índice cefálico) no era inmutable, sino que cambiaba en una sola generación debido a factores ambientales y nutricionales. Según Boas en The Mind of Primitive Man (1911), no existe una conexión causal entre raza y cultura. Las diferencias en el desarrollo tecnológico se deben a circunstancias históricas y geográficas, no a capacidades biológicas. Boas introdujo el concepto de relativismo cultural, sentando las bases para la antropología moderna y desafiando el núcleo del darwinismo social.

El debate contemporáneo: La persistencia del mito

Hoy en día, el consenso científico es absoluto: las razas humanas no existen como categorías biológicas. La genética moderna ha demostrado que la variabilidad genética dentro de cualquier grupo humano es mayor que la variabilidad entre grupos diferentes. Sin embargo, historiadores contemporáneos advierten sobre el peligro de ver el racismo científico solo como una «pseudociencia» del pasado. Autores como Michel Foucault han analizado cómo el «biopoder» desarrollado en el siglo XIX (la gestión estatal de la vida biológica de la población) sigue vigente. El racismo científico sentó las bases para los genocidios del siglo XX, desde el exterminio de los Herero en Namibia hasta el Holocausto nazi, que no fue una aberración bárbara, sino la aplicación industrial y burocrática de las teorías eugenésicas del siglo anterior.

El racismo científico siglo xix representa uno de los capítulos más oscuros de la historia intelectual moderna. No fue producto de la ignorancia, sino de la arrogancia de una época que creyó haber encontrado en la biología la clave maestra para explicar y ordenar toda la experiencia humana. Al revestir el prejuicio con la bata blanca de la objetividad, científicos como Morton, Spencer y Galton proporcionaron a los imperios europeos y a las élites americanas la coartada perfecta para la explotación y la exclusión.

La tragedia de estas teorías radica en su capacidad para deshumanizar a través de la razón. Convirtieron al ser humano en un espécimen, reduciendo la complejidad de la cultura y el espíritu a medidas craneales y árboles genealógicos. Aunque la ciencia moderna ha refutado categóricamente estas premisas, el legado del pensamiento racial persiste en estructuras sociales y en nuevas formas de determinismo biológico que surgen periódicamente. Recordar el auge del racismo científico es una advertencia necesaria: la ciencia, sin ética y sin humanismo, puede convertirse fácilmente en una herramienta de opresión, validando las pesadillas más profundas de la humanidad bajo el pretexto del progreso natural.

Referencias Bibliográficas

  1. Boas, F. (1911). The Mind of Primitive Man. Nueva York: Macmillan.
  2. Broca, P. (1861). Sur le volume et la forme du cerveau suivant les individus et les races. París: Bull. Soc. Anthropol.
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