¿Es posible el orden social sin una autoridad central que ostente el monopolio de la violencia? Esta pregunta, que para el pensamiento político convencional (desde Hobbes hasta Weber) parece conducir inevitablemente al caos, es el punto de partida de una de las tradiciones intelectuales más incomprendidas y sofisticadas de la modernidad. A menudo caricaturizado como una apología del desorden o del terrorismo, el anarquismo filosófico constituye en realidad una ética rigurosa de la responsabilidad individual y la cooperación voluntaria. Lejos de proponer la ausencia de normas, propone la ausencia de dominación.
En el presente análisis, desmantelaremos los prejuicios habituales para examinar el anarquismo filosófico como una crítica sistemática a la legitimidad del Estado. Nos centraremos en su época dorada del siglo XIX y principios del XX, explorando cómo figuras como Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin transformaron una intuición moral en una teoría política y científica. La tesis central que defenderemos sostiene que esta corriente no es una negación nihilista de la sociedad, sino una afirmación radical de que la sociabilidad humana, a través de la ayuda mutua y la federación libre, es biológica y éticamente superior a la coerción estatal. En un mundo contemporáneo marcado por la crisis de representación y el auge del control burocrático, estas ideas resuenan con una vigencia inesperada.
Contexto histórico y orígenes: La doble revolución y el desencanto
El anarquismo filosófico no emergió en el vacío, sino como una respuesta visceral y razonada a las contradicciones de la «Doble Revolución» que formó el mundo moderno: la Revolución Industrial en lo económico y la Revolución Francesa en lo político.
A mediados del siglo XIX, Europa experimentaba una transformación traumática. Por un lado, el capitalismo industrial estaba disolviendo los lazos comunitarios tradicionales, creando un proletariado urbano hacinado y explotado. Por otro lado, el Estado-nación moderno se consolidaba, no como el garante de la libertad prometida por la Ilustración, sino como una maquinaria burocrática y militar cada vez más intrusiva. Si el liberalismo prometía libertad política pero ignoraba la esclavitud económica, y el socialismo incipiente prometía igualdad económica pero a menudo a costa de la libertad individual, el anarquismo surgió para reclamar ambas simultáneamente.
Aunque el término «anarquista» fue utilizado positivamente por primera vez por Pierre-Joseph Proudhon en 1840, las raíces intelectuales se remontan a William Godwin. En su obra Investigación sobre la justicia política (1793), Godwin argumentó que el gobierno, por su propia naturaleza, impide el desarrollo de la razón individual y la moralidad. Sin embargo, fue en el seno de la Asociación Internacional de Trabajadores (La Primera Internacional, fundada en 1864) donde el anarquismo cristalizó como movimiento político diferenciado.
El evento fundacional de esta identidad fue el cisma entre Karl Marx y Mijaíl Bakunin. Mientras Marx abogaba por la conquista del poder político y la «dictadura del proletariado» como fase de transición, Bakunin alertaba proféticamente que cualquier Estado, incluso uno «rojo», engendraría una nueva clase dominante de burócratas. Esta ruptura, consumada en el Congreso de La Haya de 1872, separó definitivamente al socialismo autoritario del socialismo libertario, dando a este último la urgencia de formular su propia teoría del cambio social sin pasar por las instituciones estatales.
Definición conceptual y marco teórico
Antes de profundizar en sus exponentes, es imperativo establecer qué entendemos académicamente por esta corriente, distinguiéndola de la simple anomia o violencia callejera.
El anarquismo filosófico se define como una teoría política y ética que cuestiona la legitimidad de cualquier forma de autoridad coercitiva, especialmente el Estado, sosteniendo que la organización social debe basarse en la asociación voluntaria, la autonomía individual y la cooperación mutua sin jerarquías impuestas.
Principios rectores del marco teórico
El andamiaje intelectual del anarquismo filosófico se sostiene sobre tres pilares que lo distinguen de otras ideologías de izquierda:
- Antiestatismo radical: A diferencia del marxismo, que ve al Estado como una herramienta neutra o necesaria temporalmente, el anarquismo lo considera intrínsecamente opresor. El Estado no protege el orden social; lo secuestra y lo sustituye por un orden artificial basado en la fuerza.
- Acción Directa y Prefiguración: Los medios deben ser coherentes con los fines. No se puede construir una sociedad libre utilizando herramientas autoritarias (partidos políticos, elecciones, ejércitos). La sociedad futura debe prefigurarse en las organizaciones presentes (sindicatos, ateneos, comunas).
- Federalismo: Frente al centralismo del Estado-nación, se propone una estructura de abajo hacia arriba: individuos que se asocian en comunas, comunas que se federan en regiones, y regiones que se unen internacionalmente, conservando siempre el derecho de secesión.
Es crucial distinguir entre el «anarquismo filosófico» como postura intelectual (que puede ser pacifista y teórica, como en el caso de Henry David Thoreau o León Tolstói) y el anarquismo revolucionario militante. Mientras el primero se centra en la deslegitimación moral del poder y la resistencia civil, el segundo busca la abolición física de las instituciones. No obstante, figuras como Kropotkin tendieron un puente entre ambos, utilizando la ciencia y la filosofía para justificar la necesidad de una revolución social.
En el debate académico, se suele contrastar esta visión con la teoría del contrato social (Hobbes, Locke, Rousseau). Si para los contractualistas el Estado es necesario para evitar la «guerra de todos contra todos», para el anarquismo filosófico, el Estado es precisamente la causa de las guerras modernas y de la desigualdad estructural que genera el conflicto social.
Desarrollo y evolución: Del mutualismo al comunismo libertario
La evolución del pensamiento anarquista no fue lineal, sino que experimentó transformaciones profundas a medida que se enfrentaba a la realidad económica del siglo XIX y XX. Podemos identificar una periodización clara en su desarrollo teórico.
1. La fase Mutualista (1840-1860)
Dominada por el francés Pierre-Joseph Proudhon, esta etapa se caracterizó por un enfoque artesanal y pequeñoburgués. Proudhon no buscaba abolir la propiedad privada per se, sino la propiedad que generaba renta sin trabajo (interés, alquiler, beneficio). Propuso un sistema de intercambio basado en el «Banco del Pueblo», donde los productos se intercambiarían por su valor en horas de trabajo. Su famosa frase «¿Qué es la propiedad? La propiedad es un robo», se refería a la acumulación capitalista, no a la posesión personal de herramientas o vivienda.
2. La fase Colectivista (1860-1880)
Con la entrada de Mijaíl Bakunin, el anarquismo filosófico adquirió un carácter más revolucionario y obrero. El colectivismo reconocía la necesidad de la propiedad común de los medios de producción (fábricas, tierras), pero mantenía que la distribución de los bienes debía ser proporcional al trabajo realizado («a cada cual según sus méritos»). Esta fase coincidió con la expansión del movimiento por el sur de Europa (España, Italia) y Rusia, donde las condiciones agrarias y la debilidad del Estado liberal favorecieron estas ideas.
3. La fase del Comunismo Libertario (1880 en adelante)
Piotr Kropotkin y Errico Malatesta llevaron la teoría a su madurez. Criticaron el colectivismo por mantener una forma de salario y medición del trabajo que perpetuaba la lógica de mercado. Propusieron el comunismo anarquista: propiedad común de los medios y libre distribución de los productos según la necesidad («de cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades»). Argumentaban que en una economía industrial compleja es imposible medir la contribución exacta de cada individuo, por lo que todo pertenece a todos.
Variantes y casos de estudio
El desarrollo del anarquismo filosófico no fue homogéneo. En Estados Unidos, floreció una variante individualista (Benjamin Tucker, Lysander Spooner) centrada en el libre mercado radical y la soberanía del individuo sobre cualquier colectivo. En España, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) logró sintetizar la teoría anarcosindicalista con la práctica masiva, llegando a gestionar la economía de Cataluña y Aragón durante la Guerra Civil (1936-1939), un caso de estudio único en la historia donde los principios filosóficos de Bakunin y Kropotkin se aplicaron a gran escala.
Principales exponentes y sus contribuciones teóricas
El corpus del anarquismo filosófico es vasto, pero se estructura fundamentalmente en torno a dos gigantes intelectuales cuyas obras dialogan entre el voluntarismo revolucionario y el determinismo científico.
Mijaíl Bakunin (1814-1876): La pasión por la destrucción
Aristócrata ruso convertido en revolucionario profesional, Bakunin no fue un creador de sistemas cerrados, sino un pensador de la acción. Su contribución fundamental fue la crítica al poder, independientemente de quién lo ostente. Su obra más influyente, Dios y el Estado (publicada póstumamente en 1882), ataca la alianza teológica-política. Para Bakunin, Dios es el pretexto celestial para la autoridad terrenal; negar a Dios es el primer paso para negar al Estado.
Como señala Bakunin en Dios y el Estado: «La libertad del hombre consiste únicamente en esto: en que obedece a las leyes naturales porque él mismo las ha reconocido como tales, y no porque le hayan sido impuestas externamente por una voluntad extraña, divina o humana».
Bakunin aportó al anarquismo filosófico la advertencia sobre la «burocracia roja». Predijo que el marxismo, al utilizar el Estado, crearía un despotismo industrial más eficiente y cruel que el zarismo. Su concepto de «instinto de rebelión» ponía el énfasis en la voluntad humana contra el determinismo económico estricto.
Piotr Kropotkin (1842-1921): La ética científica
Si Bakunin era el fuego, Kropotkin era la luz. Geógrafo de renombre y príncipe ruso que renunció a sus títulos, Kropotkin buscó dar al anarquismo una base científica inexpugnable. Su obra magna, El apoyo mutuo: un factor de evolución (1902), fue una respuesta directa al darwinismo social de T.H. Huxley, quien interpretaba la evolución como una «lucha de todos contra todos».
Kropotkin demostró, mediante extensos estudios zoológicos y antropológicos en Siberia, que la cooperación intraespecífica es un factor evolutivo más importante que la competencia para la supervivencia.
Según Kropotkin en El apoyo mutuo (1902): «Las especies animales en las que la lucha individual ha sido reducida a sus límites más estrechos, y en las que la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado su mayor desarrollo, son invariablemente las más numerosas, las más prósperas y las más abiertas al progreso».
Con La conquista del pan (1892), Kropotkin aterrizó la filosofía en la economía, demostrando que la tecnología moderna permitía satisfacer las necesidades básicas de toda la población con una jornada laboral reducida (4 o 5 horas), siempre que se eliminara el despilfarro del lujo burgués y la burocracia estatal.
Max Stirner (1806-1856): El Egoísta
Aunque anterior y tangencial a la corriente socialista de Bakunin y Kropotkin, Stirner merece mención por su obra El único y su propiedad (1844). Representa el anarquismo individualista extremo. Para Stirner, no solo el Estado, sino también la «Humanidad», la «Moral» o la «Revolución» son «fantasmas» (ideas fijas) que oprimen al individuo único. Su filosofía anticipó el existencialismo y sirve como contrapunto crítico al anarquismo social, recordándoles el peligro de sacrificar al individuo por la comunidad.
Críticas, controversias y relevancia actual
A pesar de su riqueza intelectual, el anarquismo filosófico ha enfrentado objeciones teóricas y prácticas que han limitado su implementación histórica, aunque no su influencia moral.
La crítica hobbesiana y el problema de la defensa
La objeción académica más persistente proviene de la tradición realista de las Relaciones Internacionales y la filosofía política hobbesiana. El argumento es que, en ausencia de un Estado (Leviatán) que monopolice la violencia, nada impide que surja un «señor de la guerra» o una mafia que imponga un nuevo Estado más brutal. Robert Nozick, en Anarquía, Estado y utopía (1974), argumenta desde una perspectiva minarquista que las agencias de protección privadas inevitablemente evolucionarían hacia un Estado mínimo, sugiriendo que la anarquía es un equilibrio inestable. Los anarquistas responden que la defensa federada (milicias populares) es viable, pero la historia militar del siglo XX (con ejércitos masivos y tecnología nuclear) ha dificultado este argumento.
La crítica marxista: Utopismo y falta de análisis material
Para el marxismo ortodoxo, el anarquismo peca de idealismo. Friedrich Engels, en De la autoridad (1873), ridiculizó la idea de una revolución antiautoritaria, argumentando que «una revolución es la cosa más autoritaria que existe». Los marxistas sostienen que el anarquismo filosófico ignora las condiciones materiales necesarias para disolver el Estado y que, al negarse a tomar el poder político, deja el campo abierto a la reacción burguesa.
El problema de la coordinación compleja
En las sociedades postindustriales y globalizadas, la gestión de infraestructuras complejas (internet, redes eléctricas, pandemias globales) plantea desafíos a la organización descentralizada. ¿Puede una federación de comunas gestionar el cambio climático global sin una autoridad central vinculante? Teóricos contemporáneos como Murray Bookchin (ecología social) intentaron actualizar el anarquismo para responder a esto, proponiendo un «municipalismo libertario» que combina la democracia directa local con la coordinación confederal rigurosa.
Apropiación libertaria de derecha
Una controversia moderna es la disputa semántica con el «anarcocapitalismo» (Murray Rothbard, Hans-Hermann Hoppe). Aunque utilizan el sufijo «anarco» y citan a individualistas americanos, la tradición del anarquismo filosófico europeo (Bakunin, Kropotkin) es vehementemente anticapitalista. Consideran que la propiedad privada de los medios de producción es una forma de autoridad tan coercitiva como el Estado. El debate sobre si el anarquismo puede ser compatible con el capitalismo es uno de los cismas más profundos en la teoría política actual.
El anarquismo filosófico permanece en la historia del pensamiento como la conciencia inquieta de la modernidad. Al despojar al Estado de su aura sagrada y revelar la violencia que sustenta las jerarquías, pensadores como Bakunin y Kropotkin nos legaron herramientas críticas indispensables. No se limitaron a soñar con utopías pastorales; aplicaron la biología evolutiva, la sociología y la ética para argumentar que la libertad es la condición necesaria, y no el obstáculo, para el orden social.
Si bien el siglo XX pareció dar la razón al Estado totalitario y al capitalismo de consumo, el siglo XXI, con sus redes descentralizadas, la economía del código abierto y la crisis de legitimidad de las democracias representativas, ha vuelto a poner sobre la mesa las preguntas anarquistas. ¿Es posible organizarnos sin amos? La respuesta del anarquismo filosófico es que no solo es posible, sino que es la única forma de alcanzar una madurez ética plena como especie. Como advirtió Kropotkin, la elección final no es entre el orden y el caos, sino entre la solidaridad de hombres libres y la servidumbre de súbditos protegidos.
Referencias Bibliográficas
- Bakunin, M. (1882/2014). Dios y el Estado. Madrid: Alianza Editorial.
- Bookchin, M. (1982). The Ecology of Freedom: The Emergence and Dissolution of Hierarchy. Palo Alto: Cheshire Books.
- Crowder, G. (1991). Classical Anarchism: The Political Thought of Godwin, Proudhon, Bakunin, and Kropotkin. Oxford: Clarendon Press.
- Eltzbacher, P. (1900/2004). The Seven Sages of Anarchism. Nueva York: Dover Publications.
- Godwin, W. (1793/2018). Investigación sobre la justicia política. Madrid: Laetoli.
- Guerin, D. (1970). El anarquismo: De la doctrina a la acción. Buenos Aires: Proyección.
- Kropotkin, P. (1902/2016). El apoyo mutuo: Un factor de evolución. Logroño: Pepitas de Calabaza.
- Kropotkin, P. (1892/2005). La conquista del pan. Buenos Aires: Libros de Anarres.
- Marshall, P. (2010). Demanding the Impossible: A History of Anarchism. Londres: Harper Perennial.
- Nozick, R. (1974/1988). Anarquía, Estado y utopía. México: Fondo de Cultura Económica.
- Proudhon, P. J. (1840/2005). ¿Qué es la propiedad?. Madrid: Siglo XXI.
- Stirner, M. (1844/2004). El único y su propiedad. Madrid: Valdemar.

Entusiasta del conocimiento, 20 años siendo un devorador de libros de toda índole, desde filosofía hasta finanzas.